viernes, 15 de junio de 2018

LA REGIÓN MÁS TURBIA DEL AGUA

Para todos los mexicanos creo, es perfectamente claro que el islote donde el águila se refinó a la serpiente, es el lugar preciso donde se fundó Tenochtitlan. Es bien sabido por todos nosotros que la gran urbe prehispánica se construyó sobre el lago de Texcoco, pero entonces ¿la forma y dimensiones de la CDMX corresponde a esa cuenca? ¿Chapultepec y Xochimilco eran parte del lago? ¿Cómo es posible que haya ríos donde se supone que había un lago? ¿Qué pasó con toda esa agua?
La curiosidad me llevó a indagar sobre algunos de esos cuestionamientos, y ahora en este espacio reúno datos que, a su vez me ayudaron a ligar entre sí ciertos episodios de nuestra historia que en la escuela aprendí de manera aislada.

EL LAGO DE TEXCOCO
El lago de Texcoco fue el segundo mayor lago del territorio mexicano, sólo superado por el Lago Salado en Alta California (Salt Lake, Utah). Su extensión era de unos 2,000 km2. Para darnos una idea; de norte a sur medía unos 64 km en línea recta. De oriente a poniente 37 km, en canoa un remero tardaría 5 horas en cruzarlo desde Texcoco hasta Popotla (Hoy en un día de tráfico cualquier Uber haría el mismo tiempo).

La superficie del lago de Chapala es poco más de la mitad, 1,114km2, 80 km de largo, pero 18 km de ancho.
La zona constituía todo un complejo ecosistema, en realidad eran 5 masas de agua con características diferentes que, aunque se comunicaban no se mezclaban del todo por un tema de densidad.

En la superposición podemos ver que, de las 16 Delegaciones de la CDMX, sólo Cuajimalpa y Magdalena Contreras quedarían totalmente fuera de la superficie que abarcó el agua, en cambio 9 municipios del Estado de México participaron de la invasión lacustre.

Hoy casi 12 millones de personas habitamos en el seco lecho de lo que fue un hermoso lago.










EL AGUA, DETERMINANTE DE NUESTRA CHILANGA HISTORIA
Hacia el año 300 AC se asentó cerca una comunidad de inmigrantes de origen tolteca. Ellos fundaron Teotihuacán. Aunque esa ciudad no estaba en la ribera del lago de Texcoco, influyó sustancialmente en la historia de la región.
Por razones desconocidas la Ciudad de los Dioses fue abandonada. Al parecer descendientes de los teotihuacanos fundaron diversas comunidades en las riberas del lago conservando ciertos rasgos culturales tales como su cosmogonía. Algunos pueblos prosperaron más que otros. Tal fue el caso de Azcapotzalco, Texcoco y Tlacopan (Tacuba).



TENOCHTITLAN
Hacia el año 1,200 d.c. llegaron al valle de Anáhuac otro grupo de inmigrantes, estos no eran de origen tolteca, procedían de un lugar llamado Aztlán (probablemente de ahí el apelativo de aztecas o aztlantecas) y no fueron recibidos de buen agrado por los colonos que ya tenían muchos años usufructuando sus terrenos.

Los Mexicas (así se llamaban así mismos) tuvieron que conformarse con la parte pantanosa de las faldas del cerro del chapulín; Chapultepec, desde ahí observaban por las noches el reflejo de la luna en las aguas mansas, en medio de ese reflejo destacaba un punto opaco, era un islote, o sea veían el ombligo de la luna (Metz-Xi–Co).
El lugar era tan inhóspito que tuvieron que emigrar de nuevo, entonces llegaron a Culhuacán, pero ahí eran tratados peor que esclavos. No obstante, continuaban contemplando en el lago el ombligo de la luna (Metz-Xi–Co) hasta que un día vieron que en ese mismo punto se cumplía la profecía de su dios Huizilopochtli que los había llevado al valle de Anáhuac: El águila devorando una serpiente posada en un nopal.
El islote que tanto observaban era llamado Tenochtitlán (Lugar pedregoso donde abundan las tunas)
Sin dudarlo se mudaron ante el asombro del resto de los pueblos ribereños, pues ese lugar era peor que sus anteriores asentamientos, sin embargo, a base de trabajo e ingenio lograron en poco tiempo prosperar, a través del sistema de chinampas (islas artificiales) convirtieron el islote pedregoso en un vergel acuático.


No obstante, pagaban tributo al pueblo hegemónico; Los Tepanecas de Azcapotzalco
Muy pronto tuvieron que expandirse hacia otra isla cercana Tlateloco
En tan solo 194 años habían construido una gran urbe y en alianza con Texcoco y Tlacopan dejaron de ser un pueblo sometido que pagaba tributo.
Se convirtieron en un imperio muy poderoso y bastante extenso considerando que menos de dos siglos atrás eran una errante tribu paria.


Para cuando llegaron los españoles, Tenochtitlan era la urbe más grande del mundo, la habitaban unas trescientas mil personas, muchas más de las que en ese momento vivían en cualquiera de las grandes ciudades europeas. Por si el tamaño no fuera suficiente, la vista desde el cerro de la Estrella en Iztapalapa era delirante para los mercenarios sedientos de riquezas; en medio de un enorme lago, emergían a trazos perfectos cuadrantes verdes bordeados de canales que conducían a una plaza central majestuosa. A pesar de la distancia podían ver edificios piramidales perfectos. La isla se conectaba con tierra firme mediante avenidas dispuestas sobre el agua. Imagino los rostros absortos de esa soldadesca acarreada con los cuentos de Cíbola, El Dorado y el Potosí; las ciudades de oro de los mitos medievales.    

En efecto, la ciudad contaba con cuatro avenidas que conducían por tierra a ciertos puntos estratégicos; hacia el poniente con rumbo a Tlacopan se construyó la primera avenida de todo el continente americano (Av. México-Tacuba). También hacia el poniente había otro camino, sólo que este procedía de Tlatelolco y conducía a Atzcapotzalco (Av. Nonoalco).  Una más salía al norte con rumbo al cerro del Tepeyac donde se adoraba a la diosa Tonantzin (Calzada de los Misterios), y la última al sur que llevaba a Xochimilco (Calzada de Tlalpan), esta tenía una bifurcación hacia Iztapalapan que llegaba a Huizachtepetl (cerro de la Estrella) pues ahí se encontraba el templo del fuego nuevo.


Otros prodigios de la ingeniería mexica fueron sin duda los dos acueductos que llevaban agua desde Chapultepec; el primero corría por lo que hoy es precisamente la Avenida Chapultepec para desembocar en Salto del Agua (Arcos de Belen), y el segundo llamado Tlaxplana salía hacia el norte (Circuito Interior) para conectar con la avenida México-Tacuba y llegar en paralelo hasta el Templo Mayor.
Después de leer esto, la pregunta obligada es ¿Con qué propósito se induciría agua a un lugar rodeado de agua?

La respuesta es muy sencilla, mencioné antes que las masas de agua del lago de Texcoco no se mezclaban de manera natural por sus diferentes densidades (mayor o menor concentración de sales), los dos acueductos transportaban agua de manantial. Pero en realidad formaban parte de un complejo y eficiente sistema hidráulico que a través de acequias y diques controlaba aguas potables y negras sin contaminación de las chinampas. 

LA CONQUISTA
Hasta aquí el factor humano parecía “sustentable”, como se diría con un cliché moderno y muy ad doc. ¡Ah! Pero, y no es por nada, pero en lo que sigue ¡la culpa sí que es de Cortés!
Primero trajo decenas de portadores de bichos desconocidos que mermaron considerablemente la población humana y vaya usted a saber si en nuestra flora y fauna no se perdió también una que otra especie endémica.
Luego, durante la noche triste empezó el cochinero. Esa huida por Tlacopan fue desperdigando cadáveres, sobre todo de soldados españoles ricos que quedaron en las acequias.
(Sí, dije “ricos”, y es que los muy atascados prefirieron morir, que soltar el botín que traían a cuestas, así que sus cuerpos se hundieron.)
Por último, en cuanto a la responsabilidad que le atribuyo a Hernán Cortés, En un acto de genialidad castrense, este indiscutible personaje de nuestra historia diseñó la estrategia definitiva: un ataque desde las aguas del lago, es decir una “batalla naval”. Como se sabe mandó construir 13 bergantines en Texcoco. La metrópoli azteca fue conquistada, lo que no estaba en el script fue que el paso de las naves implicaba la destrucción del dique de Nezahualcóyotl. Las aguas más salitrosas del oriente del lago penetraron hacia la zona urbana, pero lo peor es que el dique contenía la crecida en tiempo de lluvias por lo que la ciudad quedó a merced de las inundaciones que se volvieron calamidad durante mucho tiempo.

DESPUÉS DE LA CONQUISTA
Ya como Capitán General de la Nueva España, Hernán Cortés se instaló provisionalmente en Coyoacán para despachar los asuntos de Estado. La idea era permanecer ahí mientras se edificaba sobre las ruinas de Tenochtitlan una imponente ciudad europea, evidentemente resultaría mucho más práctico elevar a Coyoacán, que estaba en tierra firme, como la capital de la Nueva España, pero el simbolismo político se impuso para evidenciar el dominio español.

Y entonces ¿qué sucedió?, en estricto sentido no se asentó una ciudad sobre otra, sino que piedra a piedra se fueron desmoronando los edificios mexicas y elevando en su lugar hermosos palacetes con casi los mismos materiales, pero ya desde entonces el cascajo era un dolor de cabeza para los constructores y, pues lo más fácil fue rellenar los canales y acequias. ¡Craso error! Al entorpecer los flujos de agua se terminó de aniquilar el sistema hidráulico azteca. Imagino que algún español se habría alegrado pues las chinampas dejaron de existir en esa zona.


EL VIRREINATO
Cómo quiera, hasta ese punto (Con la Ciudad de México del tamaño del actual Centro Histórico), de haberse controlado el crecimiento urbano, hubiéramos contado con una metrópoli mucho más hermosa de lo que de por sí ya es. Pero la sucesión de malas decisiones fue, por un lado, desecando el lago, por otro provocando estancamientos dentro de la isla y, por si fuera poco, la puso a merced de las inundaciones. Ya desde entonces se había identificado una solución; abrir un canal de desagüe, pero por una u otra razón la obra no se concretó de manera efectiva. 
Los terremotos de 1985 permanecen en la memoria colectiva actual, como los peores desastres
naturales registrados en la Ciudad de México, sin embargo, eso no es correcto, hubo uno varias veces más destructivo: la inundación de 1629. Una lluvia de 40 horas bastó para que el agua subiera los dos metros. En la esquina de Av. Madero y Motolinia hay un mascarón de león que indica el nivel de las aguas, Se estima que ese día murieron centenares de personas, pero la insalubridad causada por la presencia del agua durante cinco años provocó el deceso de algo así como treinta mil más.      
Paulatinamente la ciudad retomó su crecimiento a costa de las aguas. En este punto quiero referirme a un suceso que, si bien en sí mismo no incide en la reconfiguración del Valle de Anáhuac, retrata un paraíso perdido. 
En 1659 un enorme personaje de la época realizó el viaje que cambió su destino, de hecho, se trata de una “personaja”: Sor Juana Inés de la Cruz. Ese año, cuando la representante novohispana del Siglo de Oro español tendría unos ocho añitos, se mudó a casa de sus tíos en la ciudad de México. las razones, a ciencia cierta se ignoran, aunque todo apunta que fue mandato de su abuelo; La hacienda de Panoaya no ofrecía nada a esa mente privilegiada. Los sucesos de ese día —aclaro— son obra de mi imaginación, lo único irrefutable es que el viaje se efectuó.
Con lágrimas en los ojos Isabel le da la bendición a su hijita, en el fondo ella admite que con su hermana la pequeña estará mejor. Juana Inés le regala una sonrisa a su madre y sube por sí sola a la carreta, no es que se alegre de la separación, pero sus ansias por descubrir cosas nuevas la hacen parecer insensible. Juan Mata da la orden y el rodal es puesto en marcha.
—No te preocupes Juana —dice su tía María— cuando lleguemos al pueblo nos cambiaremos a una diligencia para ir más cómodos.
La niña sólo asintió con displicencia.
—Eso la tiene sin cuidado, mujer. A Juana le apetecen otras cuitas, como saber que la ruta que seguirán es la misma que realizó Hernán Cortés ¿Verdad mija?
Claramente interesada la pequeña respondió: “nosotros iremos por agua, no entiendo cómo es que subieron a los caballos en las canoas”. Arqueando las cejas, Juan Mata miró a su esposa quien encogida de hombros insinuó: “Te lo dije”.
(Los conquistadores llegaron a Tenochtitlan sólo por tierra).
Efectivamente en Amecameca toman la diligencia a Chalco, antes de abordar la embarcación para comer un refrigerio, Jonás, el esclavo que acompañó a los Mata le ofrece a la pequeña criolla un taco de charales con huevo, pero ella prefiere tamales y atole.
El lago de Chalco se alimenta de varios ríos provenientes del deshielo de los volcanes por lo que sus aguas son cristalinas y frías (recordemos que estamos a mediados del siglo XVII). Desde ese punto las orillas laterales se ven muy lejanas y al frente saluda la isla de Xico que tienen que librar para dirigirse a otra isla: Tláhuac, que se encuentra en un punto donde el lago se estrecha. Conforme se acercan, las lanchas, canoas y chalupas que navegan en el mismo sentido se van juntando, las que se unen a la procesión flotante desde su lado izquierdo transportan Maíz, frijol, calabaza, chile y jitomate procedente de las altas milpas del Ajusco (Milpa Alta) sin faltar pasta de mole de Atocpan. Juana Inés es la única que observa esos detalles.
El tráfico es causado por la presencia de una Albarrada que marca el fin de las aguas chalquenses. Para proseguir el viaje tienen que hacer fila pues la única compuerta abierta es la más próxima al embarcadero de Tláhuac donde zarpan chalupas cargadas con los productos de sus chinampas; quelites, Hua zontles, epazote, chía y otros cultivos europeos que prendieron muy bien en estas tierras.

Una vez pasado el embudo se encuentran en el lago de Xochimilco Allí se incorporan como compañeras de vía las chalupas que transportaban sobre todo plantas y flores.
Por fin llegan al dique de Mexicalcingo (Donde hoy está la estación del Metro de mismo nombre en Calzada Ermita Iztapalapa), este muro acuático delimita las aguas de Xochimilco, viene de Coyohuacan (Coyoacán). Los viajeros pretenden desembarcar un poco más al poniente para seguir por tierra a todo lo largo de la avenida que en línea recta llevaba a la gran urbe (Calzada de Tlalpan), pero al enterarse que no hay diligencias disponibles, continúan la navegación por el trazo de lo que más adelante se convertirá en el canal de la Viga. Al llegar a la gran ciudad conectan con la acequia de Roldán y posteriormente la llamada del Virrey (Calle de Corregidora) que los conduce hasta la Plaza Mayor (Zócalo).
NOTA.- El viaje de 61.3 kilómetros se hizo, sumando los tiempos de transbordo en aproximadamente 11 horas, 30 minutos. Hoy 2 horas, 56 minutos según Waze.

MEXICO INDEPENDIENTE
Tomando en cuenta que durante el siglo XIX el territorio mexicano fue objeto de una escisión territorial, dos imperios, tres dictaduras, cuatro formas de gobierno, cuatro invasiones extranjeras y diez guerras, se podrá comprender que el tema del canal del desagüe no fue prioridad gubernamental. Ciertamente hubo intentos, pero fueron fallidos.

La ciudad, sin embargo, siguió creciendo literalmente a costa de las aguas. Las poblaciones de Azcapotzalco, Tacuba, Tacubaya, Mixcoac, Coyoacán, San Ángel, Iztacalco e Iztapalapa le fueron comiendo terreno, ya no al lago, sino a su lecho seco, de manera que fueron quedando algunas zanjas un poco más profundas que con el tiempo se convirtieron de manera involuntaria en canales más o menos navegables, como el de la Viga que seguía conectando las masas de agua dulce con el centro.





Inversionistas privados realizaron obras de dragado, ensanchamiento y puentes para aprovechar comercialmente la vía acuática. La transportación de mercancías era, con mucho mejor que la utilización de carretones por caminos pedregosos, además cada día se sumaban personas que vivían en los municipios aledaños y que requerían medios eficientes de traslado. En 1850 se inauguró el vapor de pasajeros.








LA INCOGNITA DE LOS RÍOS CAPITALINOS
Las delegaciones Cuauhtémoc y Benito Juárez comparten algo; las dos se asentaron en su totalidad dentro del perímetro de lo que fue el Lago de Texcoco, por otro lado, casualmente tres avenidas con nombre de río las delimitan, al norte Río Consulado, al sur Río Churubusco y entre ambas el Viaducto Río Piedad. Las tres corren de poniente a oriente y, evidentemente las tres obedecen al trazo del cause de los ríos que les dieron su nombre.


¡Entonces hay algo que no checa!

¿Ríos en el agua?

Para explicarlo debo recurrir a los afluentes de esos ríos. Los ríos San Joaquín y Tecamachalco nutren al río Consulado. Por su parte los ríos Tacubaya y Becerra abastecen al río Piedad y en cuanto al río Churubusco son varios, entre ellos los ríos Mixcoac, Barranca del Muerto, San Ángel, San Jerónimo y Magdalena. Ahora bien, todos estos caudales nacen en la zona de la Marquesa y las cumbres del Ajusco. Entran al Valle de México fundamentalmente por la Delegación Cuajimalpa y atraviesan la Álvaro Obregón.

Sin duda hace quinientos años desembocaban en la cuenca para dispersarse en un espejo de limpia agua dulce, pero cuando las aguas se fueron replegando por desecación, los torrentes al buscar por donde fluir horadaron su ruta. Así se formó el sistema pluvial capitalino. Es de suponerse que entre los ríos del poniente y los canales que conectaban con los lagos del sur, para cuando México se independizó contábamos aún con una magnífica oportunidad de convivir con el líquido vital, como decenas de ciudades de todo el mundo.



SIGLO XX
En 1900 Porfirio Díaz se anotó dos puntos; concluyó las obras del Gran Canal y enchuló el canal de la Viga. Éste incluso se volvió el paseo dominical favorito de ricos y pobres, y conformó un punto de atracción turística.

 

Si bien es cierto que muchas decisiones gubernamentales fueron equivocadas, para ser justo también debemos reconocer que dos factores incidieron en la devastación lacustre. El primero fue el crecimiento desordenado de la población, pues de alguna forma la ciudad se debía deshacer de su inmensa producción fecal. Y la segunda es la muy lamentable cultura autodestructiva que nos caracteriza. En este caso: la vigente costumbre de tirar basura donde resulte más cómodo.

El caso es que lo único relevante que se puede decir del siglo XX con respecto a La Región Más Turbia del Agua, y ¡vaya usted a saber su tuvo más de bueno o de malo! Es que nos entubaron el agua. 

CONCLUSION
¡lo logramos! Nos bastaron cinco siglos para desaparecer de la faz de la tierra un punto azul. ¡Las facturas se acumulan!

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