lunes, 18 de mayo de 2015

Amanecer, un cuento sobre Ayotzinapa


Acapulco, Guerrero. 12 de diciembre de 2011.

Alejandra se despertó al amanecer, caminó, como era su costumbre desde hacía quince años, a la ventana panorámica del departamento. Punta Diamante le brindó el mismo paisaje que la hizo soñar desde muy pequeña, pero esta vez, la bahía le pareció más hermosa que nunca. Absorta en sus ilusiones, no se percató del paso del tiempo. La voz de Magda, su madre, la regresó a la realidad: “Ale, hijita apúrate porque tu papá quiere adelantarse al tránsito y Jimmy tiene que llegar a terminar la tarea”.
Horas después, los Fernández viajaban de regreso a la Ciudad de México. Casi al llegar a Chilpancingo su vehículo fue el primero en ser detenido por manifestantes que iniciaban un “plantón”, bloqueando la Autopista Del Sol.
–¡Me lleva…! –Exclamó el padre–. ¿Nosotros qué culpa tenemos de sus problemas?
Alejandra, quitándose los audífonos del iPod se quejó: “¡Ashh, les dije que nos fuéramos en avión!”
Unos jóvenes se acercaron, Julián Fernández les solicitó de forma cordial que los dejaran pasar. Los muchachos se disculparon argumentando que esa era la única forma de que el Gobernador les hiciera caso, le ofrecieron un volante con la consigna de sus demandas. Él, molesto por la negativa, lo tomó y sin leerlo lo arrojó al suelo, diciendo: “¡Esa no es mi bronca, chamacos, nosotros sólo vamos de paso!”
–Amigo, coopérenos con alguna moneda pa´l movimiento, ¿no?
–¿Movimiento? ¡Pónganse a trabajar, eso es lo que necesita el país!
Cómo los manifestantes estaban acostumbrados a ese tipo de reacciones, ignorando el vituperio, casi todos prosiguieron su labor con los vehículos que se habían acumulado tras la camioneta Land Rover Ranch de la familia Fernández. Pero uno de ellos sí encaró al turista: “¿Usted qué sabe? ¡Viejo pendejo! Qué fácil decirnos eso allí sentado en su camionetota…” El conductor lanzando una mirada de desprecio subió la ventanilla. Algunos de sus compañeros obligaron al chico a reincorporarse al grupo que boteaba.
Alejandra criticó a su padre por la procaz actitud: “¡Qué grosero!”, reprochó. Hábilmente Magda, para evitar el primer enfrentamiento del día entre padre e hija, sugirió que esperaran en la gasolinera contigua. “Podemos ir al baño y comprar unas papas”, dijo.
Ante el alboroto que crecía, Julián accedió y orilló el vehículo. Caminaron hasta la tienda anexa a la estación de servicio. Unos minutos después, acudieron al punto de conflicto desde ambas direcciones una treintena de policías federales. Cuando vieron desplazarse hacia los acotamientos de la carretera a varios manifestantes, el padre de familia concluyó que la Fuerza Pública estaba ya disolviendo el bloqueo. Por lo que instó a su esposa e hijos a regresar al carro para reanudar su viaje. El primero que llegó fue Jimmy, y justo cuando abrió la portezuela, el humo blanco de una granada de gas lacrimógeno provocó una estampida humana en dirección suya.
–¡Regresen, estaremos más seguros dentro de la tienda! –Clamó Magda, pero el niño, conmocionado permanecía inmóvil. Su padre lo condujo de vuelta, sin embargo ya no pudieron entrar, el lugar estaba colmado de angustiados paseantes.
Los uniformados arremetieron contra los muchachos más osados, los líderes estudiantiles arengaban a sus correligionarios a resistir, la tensión creció con dimes y diretes de ambos bandos.  De pronto se escucharon disparos, seguidos de una explosión en la gasolinera ubicada del otro lado de la carretera.
–¡Vámonos de aquí! –Dijo Julián al ver las llamaradas que siguieron al estallido.
Volvieron a la camioneta, atravesando un tumulto compuesto por turistas horrorizados, en medio de manifestantes enfrentándose con policías, o huyendo de estos. Siguieron a una fila de carros que escapaba por la calle trasera de la gasolinera, pero sólo consiguieron incorporarse a la carretera secundaria a Petaquillas, que estaba congestionada.
Jimmy se acercó a su madre y le dijo al oído: “Mamá, hay alguien allá atrás.” Sobresaltada, Magda, con gritos pidió a su esposo que hiciera algo. Entonces al verse descubierto, un jovencito se asomó temerosamente tras el asiento posterior. Su rostro lo decía todo, estaba tan asustado como ellos y además reflejaba la vergüenza de sentirse traidor por cobardía. Julián frenó abruptamente mientras vociferaba preso de recelo: “¿Qué haces aquí, cabrón? ¡Bájate! ¿Hay alguien más allá atrás?”
–No… no señor, sólo estoy yo, no les voy a hacer nada. Me subí pa´ esconderme… es que cuando oí la explosión, la mera verdá me dio miedo.
–¡Que te bajes, dije! –Ordenó de nuevo abriendo remotamente la portezuela trasera.
Ta´ bien, señor, pero por favor tíreme más allá.
Magda, viendo que era casi un niño sintió compasión, algo le decía que no los pondría en peligro. Ella le suplicó a su marido que no expusiera al muchacho.
Julián ya desde fuera, a tirones pretendía bajarlo, hasta que las sirenas de camiones con personal anti motín, que avanzaban en dirección al conflicto lo hicieron condescender.
Durante algunos minutos un gran silencio regeneró, en parte el sosiego de todos, pero seguían varados.  El polizón, que se llamaba Esteban, sugirió tomar una vereda que los llevaría al libramiento a Tixtla, por donde podrían regresar a Chilpancingo, y de ahí retomar la Autopista más adelante. No les pareció mala idea, así que se internaron en esa dirección.
Avanzaron por el sendero de terracería unos kilómetros, cuando al salir de una curva, se encontraron de frente con dos camionetas que venían a gran velocidad. La colisión fue evitada, pero uno de esos vehículos salió del camino. A pesar de que Julián ignoraba quienes eran, el instinto le hizo acelerar para alejarse lo más pronto posible.
Las camionetas pertenecían a sendos grupos delincuenciales que rivalizan por el control de la zona. De hecho, protagonizaban en ese momento una persecución que culminó con el alcance de la camioneta despistada, desatándose un enfrentamiento armado.
Ellos pudieron escuchar la balacera; todo transcurrió muy rápido, pero bastaron unos segundos para que volviera a reinar el pánico, Jimmy empezó a llorar, Magda fingiendo entereza trató de calmarlo, mientras Alejandra repetía una y otra vez: “Esto no está sucediendo”.
Al llegar nuevamente a camino pavimentado Esteban dijo: “Agarre por la derecha, ahorita es más seguro que lléguemos a Ayotzi”.
–¿Qué es eso? ¿Qué demonios hay ahí? –Replicó Julián.
–Allí está mi escuela y debe haber policías municipales.
–No entiendo, ¿qué no estás huyendo de la policía?
–Bueno sí, de los granaderos, pero los que le digo son los del Municipio y sólo vigilan que los estudiantes no regrésemos en los camiones prestados.
–¿Y eso qué importancia tendría? –Cuestiona Alejandra
–¡Oh, pos es que los tomamos prestados a fuerzas!
–O sea, los roban… ¡Ustedes también son unos vulgares delincuentes!
La lucha social a veces necesita tomar acciones fuera de la Ley. Los alzados en todas las revoluciones rompen el Estado de Derecho del régimen que oprime al pueblo.
–¡Órale! Qué bien aleccionados los tienen! –Dijo sorprendida Magda.
–Bueno, ya basta. Lo importante es que al llegar a ese lugar tú te bajas, y nosotros les pedimos apoyo a los municipales.
Pos como usted quiera, Don, pero le recomiendo que no se fíe de ellos, yo sé lo que le digo… mejor esperen, cuando lleguen los periodistas se van con ellos, no sea que "me los vayan a sembrar por ay".
La expresión, aunque nunca la habían escuchado era gráfica, que no dudaron en atenderla.
Al llegar a la Normal de Ayotzinapa, una señora abrió el portón. Se trataba de Delfina, cocinera de la escuela. Ella notó tan alterados a los visitantes, que insistió en ofrecerles té de tila para calmar los nervios. Cuando Magda y Julián le contaron lo sucedido, la mujer persignándose comentó: “¡Válgame Jesucristo! Yo entiendo a estos muchachos, pero no se dan cuenta que se llevan entre las patas a otros. Figúrense, mi hijo perdió la chamba porque el hotel en Acapulco onde trabajaba cerró por falta de turistas. Y ora el pobre anda batallando pa´ darle de comer a tres criaturas”
Mientras tanto, Alejandra y Esteban intercambiaban puntos de vista sobre la compleja problemática de la sociedad mexicana. Eso los llevó a aprovechar la distracción de los mayores para escabullirse a recorrer las instalaciones. Caminaron hacia la arcada del edificio principal, donde están las aulas, que Esteban obvió por carecer de interés.
–Ven, mejor te enseño mi dormitorio.
–¿Dormitorio?
–Sí, esto es un internado, la mayoría venimos de muy lejos. Yo por ejemplo, soy de Atlacahualoya, un pueblo de Morelos, allá por Cuautla.
–¿Y por qué decidiste venir a estudiar aquí?
–Si quieres salir de jodido no hay de otra; te vas de sicario, de mojado o de maestro. Y yo quiero volver a mi pueblo a dar clases, porque a los de fuera les asusta trabajar en jacalones–Alejandra tragó saliva.
Entraron en una habitación amplia y húmeda, con penetrante olor a sudor rancio. Tenía por muebles dos camastros, en torno a las paredes, dispuestas con cierto orden varias mochilas y algunos huacales con cobertores y efectos personales.
–Obviamente aquí duermen más de dos. ¿Y las demás camas?
–Aquí vivimos veinte. Los catres son de los “potentados”, los demás nos acomodamos en cajas de cartón y petates. Ya pa´ cuando pasas a quinto semestre tienes derecho a un colchón –Contestó Esteban sonriendo ante la candidez de la pregunta.
De regreso al patio frontal, Alejandra se detuvo frente a una casita que desentonaba con el resto de las construcciones, estaba pintada de rojo y negro, lucía además grandes imágenes del Che Guevara y Lenin. Esteban interpretó el desconcierto de la chica.
–Esa es la Casa del Activista, también es un dormitorio, pero es mucho más que eso, si no fuera por ella, desde hace décadas las chingadas políticas del gobierno hubieran desaparecido la normal. Los camaradas que viven ahí y algunos maestros, nos enseñan materias que no vienen en el Plan de Estudios, cosas como la “argumentación fundamentada”, pa´ contestarle al que sea.
Prosiguieron el recorrido, la vista que ofrecía el traspatio era sorprendente: El verde intenso, con surcos bien alineados e hileras de vivos colores en un área dentro de las bardas del plantel, llevó a la chica a preguntar: “¿Son de la escuela esos sembradíos?”
Pos sí… somos campesinos, nosotros sí sembramos maíz, frijol y flores, para comer y vender pues, pero a veces ni así alcanza, entonces salimos a botear, a pesar de los riesgos y humillaciones que ya te distes cuenta que pasamos.
Alejandra bajó la cabeza, incomoda por la alusión. El choque de una realidad que nunca imaginó siquiera, cimbraba los esquemas mentales aprendidos desde su cómoda posición.
El saldo oficial de la protesta: veinticuatro detenidos, siete lesionados y tres muertos, dos de ellos estudiantes abatidos por impacto de bala, más un empleado de la gasolinera incendiada, quién falleció a causa de las quemaduras.
Durante casi tres años, cuando volvía a su departamento en la playa, los amaneceres de Alejandra ya no eran motivo del arrobo de sus sentidos. Se había sumado sin embargo, solamente a las filas de los que se lamentan de la ruindad humana sin hacer nada.
Así fue, hasta que otra tragedia enlutó a todo un país: Los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. El nombre de Esteban en la lista la marcó para siempre.

El día 8 de noviembre de 2014, caminó a la vanguardia de una marcha portando un cartel que contenía, no un lema, sino una pregunta: “¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”. Poco después ella fue detenida, por supuestas vinculaciones con el grupo de anarquistas, que pretendían quemar la Puerta Mariana del Palacio Nacional. La chica nunca llegó a los separos. Regresó a casa tres días después, vejada y violada por policías vestidos de civil a quienes asegura haber visto infiltrados entre los manifestantes

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